Aquel
que dijo “más vale tener suerte que talento” conocía la esencia de la vida. La
gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte.
Asusta pensar cuántas cosas se escapan a nuestro control. En un partido hay
momentos en que la pelota golpea el borde de la red, y durante una fracción de
segundo puede seguir hacia adelante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte
sigue hacia adelante y ganas, o no lo hace y pierdes.
Con esta premisa Woody Allen nos sumerge en la que es una de
sus mejores películas. Con anterioridad ya había comentado que había empezado
con muy mal pie con este director y le había cogido algo de manía. Sin embargo,
este filme y “Medianoche en París” me hicieron cambiar de opinión y me han dado
ganas de investigar más en su filmografía. En esta ocasión Allen hace una gran
reflexión sobre la influencia de la suerte en nuestras vidas. La diosa fortuna
supone la diferencia entre el éxito y el fracaso, entre la felicidad y la
miseria. Es caprichosa y paradójica en el sentido de que puede hacerte sentir
el dueño del mundo en unos momentos, y en otros ser tu peor condena. El
director juega con esta dualidad y convierte al ser más afortunado en el más
desgraciado de todos.

